La sospecha de escribir bien
La primera norma de la netiqueta pedía recordar que hay un humano del otro lado. Treinta años después, el problema es probar que uno lo es.
Pensamiento público
Tecnología, responsabilidad y vida institucional: doce columnas sobre las decisiones humanas detrás de la inteligencia artificial y la cultura digital.
Los textos se presentan con una reseña original y enlazan a sus publicaciones en Al Poniente y El Cotejo. No se duplican aquí sus versiones completas.

La primera norma de la netiqueta pedía recordar que hay un humano del otro lado. Treinta años después, el problema es probar que uno lo es.

Treinta años separan la netiqueta de 1995 de las nuevas obligaciones de transparencia para la inteligencia artificial.

Aprendimos a pedir autorización antes de encender el transcriptor. Aún no tenemos la misma cortesía para el tiempo ajeno.

La pregunta no es si una máquina merece cortesía, sino qué hábitos ensayamos cuando creemos que nadie nos escucha.

Cuando falla un sistema automático, la culpa cae sobre la persona. Cuando falla un mensaje escrito con IA, cae sobre la máquina.

Un protocolo puede decir qué hacer después del daño. La convivencia digital exige aprender por qué no se reenvía.

Slop, rage bait y parasocial: las palabras del año revelaron un internet que produce más fricción que entendimiento.

La inteligencia artificial puede ayudar a redactar, pero hay conversaciones y decisiones cuya responsabilidad sigue siendo humana.

Los deepfakes abren una pregunta nueva: quién puede autorizar el uso de la voz y el rostro de quienes ya no pueden consentir.

El trabajo generado sin cuidado no desaparece: cambia de escritorio y convierte minutos propios en horas ajenas.

Los detectores de textos generados por IA fallan con especial frecuencia cuando evalúan a quien escribe en una segunda lengua.

Treinta años después, algunas reglas de la netiqueta murieron de éxito, otras se volvieron ley y una exige ser reescrita.